Caravaggio, el genio canalla: claroscuros de un hombre que pintó con morbo a prostitutas y degollados por doquier

Pocos pintores han reflejado tan intensamente las íntimas características de su personalidad como Michelangelo Merisi, más conocido como “il Caravaggio”, nombre que tomó del pueblo a las afueras de Milán, donde nació el 29 de septiembre de 1571.

Sus obras, plenas de degüellos y asesinatos, de personas sufriendo ante la indiferencia del verdugo y los espectadores, también reflejaban los tiempos que corrían. Eran los años de guerras religiosas entre católicos y disidentes, el asedio de Roma por los protestantes, la masacre de la noche de San Bartolomé, con más de diez mil víctimas en Francia.

Eran los tiempos de intentos de asesinato contra Isabel de Inglaterra, de la muerte de Guillermo I de Orange, y del magnicidio de Enrique IV de Francia, después de una docena de atentados. Eran  tiempos violentos donde la ley del Talión era la moneda corriente.

Las ejecuciones eran actos públicos, festejados por la concurrencia y hasta las extracciones dentales, como la que pintó el propio Caravaggio, eran un espectáculo callejero donde a las víctimas les arrancaban los dientes sin anestesia ante la morbosa curiosidad y hasta alegría de los presentes.

Este maestro del claroscuro tuvo, al igual que en su pintura, una vida de luces y sombras. Alternaba entre aristócratas y ladrones, entre la prisión y los honores que le otorgaban quienes reconocían su pincelada virtuosa, aunque también enfrentaba sanciones  por sus actos violentos.

De muy joven fue a Roma para educar su natural talento, aunque probablemente huyó de alguna venganza por su ánimo altivo y pendenciero. La escasez de recursos lo obligaba a emplearse para asistir a pintores de talento muy inferior al suyo.

En sus ratos de ocio, que no eran pocos, Caravaggio vagaba por las calles de Roma, involucrándose en juegos de pelota que generalmente terminaban en grescas, de donde no siempre salía bien parado. Esta inconducta no fue obstáculo para ingresar al servicio del cardenal del Monte, quien, al menos por un tiempo, protegió al pintor. Sin embargo, la frecuencia y gravedad de los altercados colmaron la paciencia del cardenal y otros mecenas, quienes, a pesar del entusiasmo por su talento, no podían tolerar las canalladas del artista.

Esta precaria protección favorecía su constante desafío a la autoridad, no solo por la frecuencia con la que desenvainaba su espada (en la que tenía grabado “Nec spe, nec metu”, que significa ‘Sin esperanza, sin miedo’, frase utilizada por Séneca siglos antes), sino porque agredía a damas de dudosa reputación y a sus ocasionales amantes. No siempre salía airoso de estas riñas y pasó meses internado recuperándose de las heridas recibidas en grescas callejeras.

Su pintura, inicialmente luminosa, afectada y pasatista, se fue oscureciendo como sus cuadros. Las frutas, las flores y jóvenes mancebos dieron lugar a pinturas de temas religiosos, donde los personajes bíblicos eran sometidos a torturas y degüellos, obras de un realismo violento y hasta perverso.

Michelangelo Merisi ganaba muy bien con su arte, pero también apostaba y gastaba a manos llenas. En uno de esos juegos de pelota a los que era tan afecto, mató a un tal Ranuccio Tomassoni, hijo de una familia encumbrada.

Esta vez había ido demasiado lejos y la paciencia de sus protectores se agotó. Una cosa eran los puños y amenazas, y otra distinta matar debido a esos ataques de furia, que le sucedían con creciente frecuencia.

Huyó de Nápoles y desde allí viajó a Malta, donde Aloft Wignacourt, gran maestro de la Orden, lo amparó y hasta lo nombró caballero por su obra La decapitación de San Juan Bautista (1608), una de esos trabajos  en las que demuestra no solo su capacidad artística, sino sus conocimientos como rufián. Solo alguien que haya visto degollar (o haya cortado el cuello de una víctima) puede reflejar con tanta minuciosidad la cruel muerte del Bautista. Mientras el santo sufre con resignación, tanto el verdugo como los presentes aceptan con indiferencia la desgracia ajena.

Los Caballeros de Malta le concedieron el título de miembro de la Orden, una altísima nominación para un hombre de tan frondoso prontuario. Poco duró la honorabilidad para el pintor ya que en apenas tres meses debió huir de la isla, convertido en un miembro “pútrido y fétido” que solo merecía la muerte. No se conoce con certeza la causa de esta caída en desgracia, pero existen versiones de que el pintor habría herido de gravedad a un caballero en una riña callejera. No debería sorprendernos esta inconducta que le valió la prisión en las mazamorras de La Valeta.

Caravaggio pudo huir a Sicilia, donde retomó su actividad artística, aunque por los enemigos que generaba a su paso, se veía obligado a dormir armado, inseguro por su suerte.

En 1609 regresó a Nápoles, donde pintó temas religiosos como El martirio de Santa Úrsula y Salomé con la cabeza de Juan Bautista, donde se retrata como el santo degollado, obra que fue enviada al caballero Wignacouurt, para pedir clemencia. También se autorretrató como Goliat decapitado, obra que envió al cardenal Borghese en busca de protección.

En 1610, intercedió para lograr el perdón del Papa, quien le prometió el indulto a cambio de tres obras del ya célebre artista. Estaba por lograr el perdón oficial gracias a su talento cuando murió de fiebre en Porto Ércole, aunque las versiones sobre la causa sobre su fallecimiento permanecen confusas.

Con Caravaggio nació el Barroco, con sus obras espesas de luces y sombras, no solo por su paleta, sino su negación a idealizar a las figuras de santos, utilizando modelos de personajes de baja calaña, con los que se relacionaba a diario. Su falta de respeto lo llevó a pintar a la Santísima Virgen con los rasgos de una conocida prostituta, afrenta que ofendió a muchos de sus coetáneos. Esta irreverencia, el reflejo realista de un mundo de violencia y su propia historia de pendenciero, llevaron a distintos especialistas, entre los que se destacaba el profesor Antonio Vallejo-Nájera, a ubicarlo entres sus  “locos egregios”, un psicópata explosivo de características epileptoides, que no soportaba las faltas de respeto y reaccionaba con desmedida, violencia que también se esmeraba en reproducir en sus cuadros.

Michelangelo Merisi da Caravaggio fue  un genio y un canalla, un artista dotado y delincuente dispuesto a exponer su talento con exquisita crudeza.

Pocos pintores han reflejado tan intensamente las íntimas características de su personalidad como Michelangelo Merisi, más conocido como “il Caravaggio”, nombre que tomó del pueblo a las afueras de Milán, donde nació el 29 de septiembre de 1571.

Sus obras, plenas de degüellos y asesinatos, de personas sufriendo ante la indiferencia del verdugo y los espectadores, también reflejaban los tiempos que corrían. Eran los años de guerras religiosas entre católicos y disidentes, el asedio de Roma por los protestantes, la masacre de la noche de San Bartolomé, con más de diez mil víctimas en Francia.

Eran los tiempos de intentos de asesinato contra Isabel de Inglaterra, de la muerte de Guillermo I de Orange, y del magnicidio de Enrique IV de Francia, después de una docena de atentados. Eran  tiempos violentos donde la ley del Talión era la moneda corriente.

Las ejecuciones eran actos públicos, festejados por la concurrencia y hasta las extracciones dentales, como la que pintó el propio Caravaggio, eran un espectáculo callejero donde a las víctimas les arrancaban los dientes sin anestesia ante la morbosa curiosidad y hasta alegría de los presentes.

Este maestro del claroscuro tuvo, al igual que en su pintura, una vida de luces y sombras. Alternaba entre aristócratas y ladrones, entre la prisión y los honores que le otorgaban quienes reconocían su pincelada virtuosa, aunque también enfrentaba sanciones  por sus actos violentos.

De muy joven fue a Roma para educar su natural talento, aunque probablemente huyó de alguna venganza por su ánimo altivo y pendenciero. La escasez de recursos lo obligaba a emplearse para asistir a pintores de talento muy inferior al suyo.

En sus ratos de ocio, que no eran pocos, Caravaggio vagaba por las calles de Roma, involucrándose en juegos de pelota que generalmente terminaban en grescas, de donde no siempre salía bien parado. Esta inconducta no fue obstáculo para ingresar al servicio del cardenal del Monte, quien, al menos por un tiempo, protegió al pintor. Sin embargo, la frecuencia y gravedad de los altercados colmaron la paciencia del cardenal y otros mecenas, quienes, a pesar del entusiasmo por su talento, no podían tolerar las canalladas del artista.

Esta precaria protección favorecía su constante desafío a la autoridad, no solo por la frecuencia con la que desenvainaba su espada (en la que tenía grabado “Nec spe, nec metu”, que significa ‘Sin esperanza, sin miedo’, frase utilizada por Séneca siglos antes), sino porque agredía a damas de dudosa reputación y a sus ocasionales amantes. No siempre salía airoso de estas riñas y pasó meses internado recuperándose de las heridas recibidas en grescas callejeras.

Su pintura, inicialmente luminosa, afectada y pasatista, se fue oscureciendo como sus cuadros. Las frutas, las flores y jóvenes mancebos dieron lugar a pinturas de temas religiosos, donde los personajes bíblicos eran sometidos a torturas y degüellos, obras de un realismo violento y hasta perverso.

Michelangelo Merisi ganaba muy bien con su arte, pero también apostaba y gastaba a manos llenas. En uno de esos juegos de pelota a los que era tan afecto, mató a un tal Ranuccio Tomassoni, hijo de una familia encumbrada.

Esta vez había ido demasiado lejos y la paciencia de sus protectores se agotó. Una cosa eran los puños y amenazas, y otra distinta matar debido a esos ataques de furia, que le sucedían con creciente frecuencia.

Huyó de Nápoles y desde allí viajó a Malta, donde Aloft Wignacourt, gran maestro de la Orden, lo amparó y hasta lo nombró caballero por su obra La decapitación de San Juan Bautista (1608), una de esos trabajos  en las que demuestra no solo su capacidad artística, sino sus conocimientos como rufián. Solo alguien que haya visto degollar (o haya cortado el cuello de una víctima) puede reflejar con tanta minuciosidad la cruel muerte del Bautista. Mientras el santo sufre con resignación, tanto el verdugo como los presentes aceptan con indiferencia la desgracia ajena.

Los Caballeros de Malta le concedieron el título de miembro de la Orden, una altísima nominación para un hombre de tan frondoso prontuario. Poco duró la honorabilidad para el pintor ya que en apenas tres meses debió huir de la isla, convertido en un miembro “pútrido y fétido” que solo merecía la muerte. No se conoce con certeza la causa de esta caída en desgracia, pero existen versiones de que el pintor habría herido de gravedad a un caballero en una riña callejera. No debería sorprendernos esta inconducta que le valió la prisión en las mazamorras de La Valeta.

Caravaggio pudo huir a Sicilia, donde retomó su actividad artística, aunque por los enemigos que generaba a su paso, se veía obligado a dormir armado, inseguro por su suerte.

En 1609 regresó a Nápoles, donde pintó temas religiosos como El martirio de Santa Úrsula y Salomé con la cabeza de Juan Bautista, donde se retrata como el santo degollado, obra que fue enviada al caballero Wignacouurt, para pedir clemencia. También se autorretrató como Goliat decapitado, obra que envió al cardenal Borghese en busca de protección.

En 1610, intercedió para lograr el perdón del Papa, quien le prometió el indulto a cambio de tres obras del ya célebre artista. Estaba por lograr el perdón oficial gracias a su talento cuando murió de fiebre en Porto Ércole, aunque las versiones sobre la causa sobre su fallecimiento permanecen confusas.

Con Caravaggio nació el Barroco, con sus obras espesas de luces y sombras, no solo por su paleta, sino su negación a idealizar a las figuras de santos, utilizando modelos de personajes de baja calaña, con los que se relacionaba a diario. Su falta de respeto lo llevó a pintar a la Santísima Virgen con los rasgos de una conocida prostituta, afrenta que ofendió a muchos de sus coetáneos. Esta irreverencia, el reflejo realista de un mundo de violencia y su propia historia de pendenciero, llevaron a distintos especialistas, entre los que se destacaba el profesor Antonio Vallejo-Nájera, a ubicarlo entres sus  “locos egregios”, un psicópata explosivo de características epileptoides, que no soportaba las faltas de respeto y reaccionaba con desmedida, violencia que también se esmeraba en reproducir en sus cuadros.

Michelangelo Merisi da Caravaggio fue  un genio y un canalla, un artista dotado y delincuente dispuesto a exponer su talento con exquisita crudeza.

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