La imagen emociona, moviliza, eriza la piel. Entra por los ojos y viaja directa al corazón. En Europa no se consigue. Y en Río, en San Pablo, en Brasilia, tampoco. Hoy por hoy, la alegría no es brasileña.
Lo confirman las decenas de miles de hinchas que ocuparon el Monumental para acompañar a la selección en un martes con clima de domingo, en un clásico con aroma a choripán. En un Argentina vs. Brasil con temperatura de River-Boca. Fiesta total, de principio a fin. Festival sobre el césped, fuego en las tribunas, un canto a la alegría.
La fiesta en las gradas comenzó mucho antes que el partido. Eran las 18.58 cuando el ecuatoriano Augusto Aragón pitó en El Alto para determinar el final del 0 a 0 entre Bolivia y Uruguay que clasificó a Argentina para el Mundial de 2026. Eran las 19.05 cuando la noticia explotó en la popular y se tradujo en festejos y cantos. Más aun cuando la pantalla extra large del estadio de River emitió en directo la cinematográfica llegada del plantel, con la avenida Lugones cortada en su totalidad y el ómnibus de los jugadores ingresando contramano, con sirenas y un gran operativo policial, al mejor estilo de Hollywood.
Rodrigo De Paul y Leandro Paredes cumplieron su ritual y levantaron al público en lo previo con su presencia en la mitad de la cancha. El volante de Alético de Madrid, que se guardó en Uruguay para estar a tope en este clásico con Brasil, se prendió a cantar con la gente cuando sonó la reversión del hit Muchachos, que quedó viejo tras la obtención de la tercera estrella. Es que ganó tanto esta selección en el último tiempo que hasta los algunos cantos perdieron vigencia: Copa América, Finalissima, Mundial, otra Copa América.
LOS JUEGUITOS DEL DIBU EN EL MEDIO EL PARTIDO Y LA REPROBACIÓN DE SCALONI🔥😱 pic.twitter.com/7vZXEiKaLQ
— TyC Sports (@TyCSports) March 26, 2025
Y ahora, después del festival frente a Brasil, el sueño de convertirse en la tercera selección en la historia en ganar un bicampeonato mundial. Una pena lo de Lionel Scaloni. Ninguna métrica le sienta bien al apellido del DT. Pero él es el otro Lionel, el otro capitán, el padre de esta criatura que no para de crecer. La mejor selección del mundo, la séptima clasificada para el Mundial de Norteamérica.
Salvo en las plateas San Martín y Belgrano Altas, que lucieron a un 80% de su capacidad, el estadio se cubrió completo para recibir a la Argentina. Y para enrostrarles el historial a los brasileños (en especial a Raphinha, que había prometido darle una “paliza” a la selección tanto en la cancha como fuera de ella) y recordarles que Diego Maradona, siempre presente, es más grande, es más grande que Pelé.
En modo Qatar, Emiliano Martínez volvió a teñirse de celeste y blanco parte del cabello y recibió una placa –y una ovación– por sus 50 partidos en la selección, en 36 de los cuales no recibió goles. Dibu agradeció el cariño e hizo estallar al Monumental con su tradicional bailecito de frente a la tribuna Sívori, donde se ubicó la parte del público que lideró a la hinchada argentina, que celebró con su repertorio completo. Que el que no salta es un inglés; que dale, campeón; que qué amargado se te ve… Que ahora, sí, ahora, nos volvimos a ilusionar.
El estruendoso silbido al himno brasileño fue la nota negativa de la noche: aun siendo un clásico de las tribunas futboleras, es algo que merece ser rechazado. “Ole, ole”, canta la gente, después del primer gol, luego del segundo, acto seguido al cuarto.
Rodrygo: “Sos muy malo”.
Leandro Paredes: “YO TENGO DOS COPA AMÉRICA Y UN MUNDIAL, VOS CERO” 🇦🇷🚬pic.twitter.com/MBlAZv8FIJ
— Sudanalytics (@sudanalytics_) March 26, 2025
Abucheos, principalmente a Raphinha, en casi todo el baile futbolero. Aplausos, alegría sin fin, con las locuras de Julián Álvarez y sus camaradas. Tac, tac, tac: casi no hubo excesos, hasta que un par de episodios invitó a la reflexión, como el cruce dialéctico entre Nicolás Otamendi y el crack de Barcelona, que incluyó un “hablá menos” del capitán al brasileño, y las discusiones y provocaciones entre Leandro Paredes y Rodrygo. El volante le dijo que había ganado dos copas América y que él, el visitante, ninguna. “Tú cero”, le graficó con un círculo en el aire.
La banda no para de alentar. pic.twitter.com/cXJcqYiOFo
— Liga Profesional de Fútbol (@LigaAFA) March 26, 2025
“Brasilero, brasilero, qué amargado se te ve, Maradona es más grande, es más grande que Pelé”, se entonó. “Un minuto de silencio…”, se gritó. ¡Pone a Raphinha, la p…!”, se exigió con ironía. Aplausos, antes, durante, después. Scaloni dijo que no, con el índice derecho, cuando Dibu Martínez ensayó unos jueguitos con la pelota y las rodillas que restaron mucho más de lo que sumaron.
De Paul aplaudió a los hinchas. Se acabó la función. “¡Dale, campeón!”, cantaron todos, arriba y abajo. Al rato, el “un minuto de silencio…”, entre los espectadores y los futbolistas, esta vez sin la prohibición aleccionadora del compañero-capitán-líder Messi. Fuegos artificiales, un racimo de jugadores en el mediocampo, cantando, saltando, como si fueran hinchas. Es que todos somos hinchas de esta selección. Cómo no serlo…
La imagen emociona, moviliza, eriza la piel. Entra por los ojos y viaja directa al corazón. En Europa no se consigue. Y en Río, en San Pablo, en Brasilia, tampoco. Hoy por hoy, la alegría no es brasileña.
Lo confirman las decenas de miles de hinchas que ocuparon el Monumental para acompañar a la selección en un martes con clima de domingo, en un clásico con aroma a choripán. En un Argentina vs. Brasil con temperatura de River-Boca. Fiesta total, de principio a fin. Festival sobre el césped, fuego en las tribunas, un canto a la alegría.
La fiesta en las gradas comenzó mucho antes que el partido. Eran las 18.58 cuando el ecuatoriano Augusto Aragón pitó en El Alto para determinar el final del 0 a 0 entre Bolivia y Uruguay que clasificó a Argentina para el Mundial de 2026. Eran las 19.05 cuando la noticia explotó en la popular y se tradujo en festejos y cantos. Más aun cuando la pantalla extra large del estadio de River emitió en directo la cinematográfica llegada del plantel, con la avenida Lugones cortada en su totalidad y el ómnibus de los jugadores ingresando contramano, con sirenas y un gran operativo policial, al mejor estilo de Hollywood.
Rodrigo De Paul y Leandro Paredes cumplieron su ritual y levantaron al público en lo previo con su presencia en la mitad de la cancha. El volante de Alético de Madrid, que se guardó en Uruguay para estar a tope en este clásico con Brasil, se prendió a cantar con la gente cuando sonó la reversión del hit Muchachos, que quedó viejo tras la obtención de la tercera estrella. Es que ganó tanto esta selección en el último tiempo que hasta los algunos cantos perdieron vigencia: Copa América, Finalissima, Mundial, otra Copa América.
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Y ahora, después del festival frente a Brasil, el sueño de convertirse en la tercera selección en la historia en ganar un bicampeonato mundial. Una pena lo de Lionel Scaloni. Ninguna métrica le sienta bien al apellido del DT. Pero él es el otro Lionel, el otro capitán, el padre de esta criatura que no para de crecer. La mejor selección del mundo, la séptima clasificada para el Mundial de Norteamérica.
Salvo en las plateas San Martín y Belgrano Altas, que lucieron a un 80% de su capacidad, el estadio se cubrió completo para recibir a la Argentina. Y para enrostrarles el historial a los brasileños (en especial a Raphinha, que había prometido darle una “paliza” a la selección tanto en la cancha como fuera de ella) y recordarles que Diego Maradona, siempre presente, es más grande, es más grande que Pelé.
En modo Qatar, Emiliano Martínez volvió a teñirse de celeste y blanco parte del cabello y recibió una placa –y una ovación– por sus 50 partidos en la selección, en 36 de los cuales no recibió goles. Dibu agradeció el cariño e hizo estallar al Monumental con su tradicional bailecito de frente a la tribuna Sívori, donde se ubicó la parte del público que lideró a la hinchada argentina, que celebró con su repertorio completo. Que el que no salta es un inglés; que dale, campeón; que qué amargado se te ve… Que ahora, sí, ahora, nos volvimos a ilusionar.
El estruendoso silbido al himno brasileño fue la nota negativa de la noche: aun siendo un clásico de las tribunas futboleras, es algo que merece ser rechazado. “Ole, ole”, canta la gente, después del primer gol, luego del segundo, acto seguido al cuarto.
Rodrygo: “Sos muy malo”.
Leandro Paredes: “YO TENGO DOS COPA AMÉRICA Y UN MUNDIAL, VOS CERO” 🇦🇷🚬pic.twitter.com/MBlAZv8FIJ
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Abucheos, principalmente a Raphinha, en casi todo el baile futbolero. Aplausos, alegría sin fin, con las locuras de Julián Álvarez y sus camaradas. Tac, tac, tac: casi no hubo excesos, hasta que un par de episodios invitó a la reflexión, como el cruce dialéctico entre Nicolás Otamendi y el crack de Barcelona, que incluyó un “hablá menos” del capitán al brasileño, y las discusiones y provocaciones entre Leandro Paredes y Rodrygo. El volante le dijo que había ganado dos copas América y que él, el visitante, ninguna. “Tú cero”, le graficó con un círculo en el aire.
La banda no para de alentar. pic.twitter.com/cXJcqYiOFo
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“Brasilero, brasilero, qué amargado se te ve, Maradona es más grande, es más grande que Pelé”, se entonó. “Un minuto de silencio…”, se gritó. ¡Pone a Raphinha, la p…!”, se exigió con ironía. Aplausos, antes, durante, después. Scaloni dijo que no, con el índice derecho, cuando Dibu Martínez ensayó unos jueguitos con la pelota y las rodillas que restaron mucho más de lo que sumaron.
De Paul aplaudió a los hinchas. Se acabó la función. “¡Dale, campeón!”, cantaron todos, arriba y abajo. Al rato, el “un minuto de silencio…”, entre los espectadores y los futbolistas, esta vez sin la prohibición aleccionadora del compañero-capitán-líder Messi. Fuegos artificiales, un racimo de jugadores en el mediocampo, cantando, saltando, como si fueran hinchas. Es que todos somos hinchas de esta selección. Cómo no serlo…
Las provocaciones estuvieron en el campo y fogoneadas en las tribunas, con foco en el atacante de Barcelona Read More