Rascacielos, playas agrestes y shoppings: así es la ”otra ciudad” de Río de Janeiro

“Voy para Barra”. Así dicen los cariocas para referirse a este barrio del oeste, lejos del ruido y el color de Copacabana, Leblon o Ipanema. Sólo accesible en auto, a media hora como mínimo de los principales puntos turísticos de la Cidade Maravilhosa, es todavía una zona emergente, pero con atributos de “otra ciudad”: reúne cientos de urbanizaciones privadas, torres de lujo, vecinos famosos –la cantante Anitta, varios políticos y jugadores del Flamengo y el Fluminense, entre otros–, jardines bucólicos, tiendas de diseño y restaurantes top. “Es el barrio de los new rich”, explica un taxista mientras recorremos la Avenida das Américas, entre el mar, los rascacielos espejados y las grúas, que ya son parte del paisaje costero junto con las palmeras.

La “lejanía” de Barra da Tijuca se compensa con playas mucho más agrestes, extensas y menos concurridas que las del sur. Los argentinos las adoran, sobre todo las familias con chicos. Otras cualidades que elogian: la seguridad y los malls, como el enorme BarraShopping –el más grande de Río– o el elegante VillageMall, no apto para buscadores de gangas.

El boom inmobiliario no es nuevo, pero hubo un antes y un después de los Juegos Olímpicos de 2016, cuando se construyó el Parque Olímpico, se extendió la línea del metro y se expandieron los edificios modernísimos y los hoteles en tiempo récord.

Algunos ya la llaman la “Miami de Río”. O, incluso, la “Miami de Brasil”.

Una versión sofisticada de Río

Entre esos hoteles que le cambiaron la cara a Barra está el Grand Hyatt, que se volvió un destino en sí mismo, tanto para extranjeros como para locales que suelen escaparse a esta parte de la ciudad en plan detox. Muchos ni se mueven de su pileta con servicio de bar, aunque apenas una puertita conecta con la playa, avenida mediante, donde también ofrecen reposeras y toallas.

Lejos de las imágenes atestadas de gente y sombrillas, esta playa ancha y agreste se disfruta casi en exclusivo, con olas perfectas para surfers. Hay apenas un kiosco de caipis, agua de coco y petiscos; su dueño, Claudio, bebe champagne Veuve Clicquot al atardecer y asegura que es “la más linda de Río”. A 500 metros, otro barcito más consistente, el Pesqueiro Beach Club, es ideal para un almuerzo con vista al mar.

En plan indoors, o cuando el clima no acompaña, el hotel despliega un tentador menú de placeres, desde un masaje relajante en el spa Atiaia, un cocktail en Cantô Gastrô & Lounge o la vista desde los balcones de sus suites –unas miran al mar y otras a la laguna Marapendi–, con amenities de la tradicional firma carioca Granado.

El restaurante Shiso es otro de los tesoros del hotel. Considerado uno de los mejores de cocina japonesa de la ciudad, preparan deliciosos pescados a la carta o en versión omakase, un menú degustación de seis pasos que varían según los productos del día.

Su chef, Guilherme Campos, está casi siempre presente y es un enamorado de Barra. “Para mí, es el barrio del futuro”. Lo dice bajito, como si pudiera ofender a alguien. “La zona sur está colapsada, llena de tráfico, mucho ruido, nada de naturaleza. A la gente de allá no le gusta Barra porque dicen que es lejos, pero en 20 años todos van a querer venir para acá”, sostiene. Él mismo trabajó en restaurantes de Copacabana, hasta que surgió la posibilidad de venirse para esta parte de Río y no lo dudó. Vive cerca, en una calle de tierra a metros del mar, y viene a trabajar todos los días en bicicleta.

Playas salvajes, lagunas y manglares

Aunque domine el cemento, Barra da Tijuca es el punto de partida de un mundo acuático de islitas y playitas solitarias que vale la pena descubrir. El espejo de agua más cercano es la laguna Marapendi. A menos de 300 metros de la playa, es un oasis de paz; no se oyen ni los autos ni las olas del mar que está del otro lado de la mata atlántica. Sus aguas calmas se pueden surcar en una balsa estilo safari, con la guía de un biólogo. Se observan garzas reposando y en vuelo, además de tres yacarés, un biguá, un martín pescador y varios carpinchos. “Capibara, capibara”, grita una turista brasileña cuando los detecta, porque aparentemente no es tan común verlos por acá. Mientras la balsa avanza suavemente, una camarera convida agua de coco.

Otro gran plan es encarar una trilha a playas salvajes y casi desiertas –una cara no evidente de Río–, como la que lleva a la Praia do Perigoso: desde la playa de Barra de Guaratiba, y después de seguir un camino de pura naturaleza, se llega en menos de una hora a este rincón poco visitado. Un pequeño cerro llamado Piedra de la Tortuga se encarga de separar las diminutas franjas de arena que forman este litoral exuberante, donde hay varias cachoeiras (“cascadas”) y, a veces, hay que atravesar enormes piedras para pisar la arena, como en la Praia da Joatinga, otra joyita para apuntar. A este paraíso escondido y rodeado de acantilados se accede a través de los condominios privados de Joá. En un momento hay que dejar el auto y tomar el sendero entre árboles y paredes rocosas que desciende hasta la franja de arena.

Desde la parte urbana de Barra se puede llegar en auto hasta Prainha. Además de ser una playa divina de arena dorada y aguas cristalinas, pertenece a una zona de protección ambiental dentro de la Reserva Natural Prainha. Como su acceso es más sencillo, puede estar bastante concurrida los fines de semana, pero durante la semana se disfruta en soledad y es la favorita de los surfers. A pocos kilómetros, Grumari es considerada una de las más lindas de Río. Sin construcciones a la vista, está rodeada de manglares y es refugio de una rica biodiversidad autóctona.

Al principio de Barra, entre los postos 1 y 2, se encuentra la Praia de Pepê, donde empezó todo. Copada por jóvenes, familias cariocas, turistas y celebridades, es un buen termómetro del ambiente local. Su nombre es un homenaje al campeón de ala delta y uno de los mejores surfistas del mundo, Pedro Paulo Guise Lopes, más conocido como Pepê. Además de gran deportista, Pepê era un personaje muy querido y carismático gracias al kiosco playero que fundó en 1979 –Barraca do Pepê–, donde servía suculentos sándwiches “naturales”. Pepê partió de este mundo, pero su bar sigue firme y es punto de encuentro ineludible. El hit para pedir es el sándwich frango voador (“pollo volador”), que puede ser con o sin curry.

Una isla dentro de la urbe

Muchos cariocas no conocen la Ilha da Gigóia. Este pequeño archipiélago dentro de la Laguna de Tijuca es uno de los grandes secretos, no sólo de Barra, sino de toda la ciudad. Lo más curioso es su punto de acceso: la estación de metro Jardim Oceânico. A pasos de la agitada Avenida Armando Lombardi y de una estación de servicio que hace de estacionamiento, un callejón casi oculto lleva a este oasis tropical, un submundo de agua, morros, manglares y pintorescas construcciones sobre pilotes.

En la isla viven apenas 3.000 personas, pero es muy visitada todos los días por sus restaurantes de frutos de mar. Para recorrerla, hay que subirse a las barcazas de madera que cruzan cada diez minutos y cobran, según el trayecto, entre 3 y 10 reales.

Una parada obligada es Ocyá, en la Ilha Primeira, a cinco minutos de navegación. Muchos descubrieron este restaurante hace poco, cuando fue recomendado por la guía Michelin e incluido dentro de los 50 Best. Pero su cocina rupturista cosecha seguidores desde que abrió, en 2022.

Son no más de diez mesas en un deck sobre la laguna y algunas más adentro, junto a enormes cámaras de vidrio entre -1° y 2° donde varios pescados cuelgan de unos ganchos, sin amontonarse. Algunos están hace unas horas y otros llevan hasta 14 días de maduración.

Gerônimo Athuel, su artífice y cocinero, está presente en todo el proceso: captura sus pescados, los madura meticulosamente en sus cámaras y, una vez que alcanzan el punto justo (varía según cada especie), los manda a las brasas. Se jacta de usar todas sus partes y no desaprovechar nada. La bicuda, por ejemplo, tiene ocho días de maduración y es un manjar. Suele haber en el menú especies no tan comerciales ni fáciles de encontrar, como el ubarana, el sororoca, el faqueco y el pitangola, que llegan a la mesa con sus pieles crocantes e interiores jugosos y un dejo levemente ahumado. Otros imperdibles son el pulpo grillado, sazonado con paprika, y un pan de ajo relleno de camarón que resulta adictivo.

Ocyá abre al mediodía durante la semana y extiende su horario los fines de semana, hasta la noche. Es un spot ideal para visitar al atardecer, con una vista gloriosa de la laguna. Así, en una terracita con suave brisa, rodeada de agua, manglares y casitas de colores, se revela otra de las muchas facetas de Río.

DATO ÚTIL

Grand Hyatt Río

Av Lucio Costa 9600. IG: @grandhyatt_rio
Ofrece 436 habitaciones, dos restaurantes (uno japonés), un destacado spa, fitness center 24 hs, piscina y servicio de playa. Aceptan mascotas. Desde u$s 145 la doble, sin desayuno.

“Voy para Barra”. Así dicen los cariocas para referirse a este barrio del oeste, lejos del ruido y el color de Copacabana, Leblon o Ipanema. Sólo accesible en auto, a media hora como mínimo de los principales puntos turísticos de la Cidade Maravilhosa, es todavía una zona emergente, pero con atributos de “otra ciudad”: reúne cientos de urbanizaciones privadas, torres de lujo, vecinos famosos –la cantante Anitta, varios políticos y jugadores del Flamengo y el Fluminense, entre otros–, jardines bucólicos, tiendas de diseño y restaurantes top. “Es el barrio de los new rich”, explica un taxista mientras recorremos la Avenida das Américas, entre el mar, los rascacielos espejados y las grúas, que ya son parte del paisaje costero junto con las palmeras.

La “lejanía” de Barra da Tijuca se compensa con playas mucho más agrestes, extensas y menos concurridas que las del sur. Los argentinos las adoran, sobre todo las familias con chicos. Otras cualidades que elogian: la seguridad y los malls, como el enorme BarraShopping –el más grande de Río– o el elegante VillageMall, no apto para buscadores de gangas.

El boom inmobiliario no es nuevo, pero hubo un antes y un después de los Juegos Olímpicos de 2016, cuando se construyó el Parque Olímpico, se extendió la línea del metro y se expandieron los edificios modernísimos y los hoteles en tiempo récord.

Algunos ya la llaman la “Miami de Río”. O, incluso, la “Miami de Brasil”.

Una versión sofisticada de Río

Entre esos hoteles que le cambiaron la cara a Barra está el Grand Hyatt, que se volvió un destino en sí mismo, tanto para extranjeros como para locales que suelen escaparse a esta parte de la ciudad en plan detox. Muchos ni se mueven de su pileta con servicio de bar, aunque apenas una puertita conecta con la playa, avenida mediante, donde también ofrecen reposeras y toallas.

Lejos de las imágenes atestadas de gente y sombrillas, esta playa ancha y agreste se disfruta casi en exclusivo, con olas perfectas para surfers. Hay apenas un kiosco de caipis, agua de coco y petiscos; su dueño, Claudio, bebe champagne Veuve Clicquot al atardecer y asegura que es “la más linda de Río”. A 500 metros, otro barcito más consistente, el Pesqueiro Beach Club, es ideal para un almuerzo con vista al mar.

En plan indoors, o cuando el clima no acompaña, el hotel despliega un tentador menú de placeres, desde un masaje relajante en el spa Atiaia, un cocktail en Cantô Gastrô & Lounge o la vista desde los balcones de sus suites –unas miran al mar y otras a la laguna Marapendi–, con amenities de la tradicional firma carioca Granado.

El restaurante Shiso es otro de los tesoros del hotel. Considerado uno de los mejores de cocina japonesa de la ciudad, preparan deliciosos pescados a la carta o en versión omakase, un menú degustación de seis pasos que varían según los productos del día.

Su chef, Guilherme Campos, está casi siempre presente y es un enamorado de Barra. “Para mí, es el barrio del futuro”. Lo dice bajito, como si pudiera ofender a alguien. “La zona sur está colapsada, llena de tráfico, mucho ruido, nada de naturaleza. A la gente de allá no le gusta Barra porque dicen que es lejos, pero en 20 años todos van a querer venir para acá”, sostiene. Él mismo trabajó en restaurantes de Copacabana, hasta que surgió la posibilidad de venirse para esta parte de Río y no lo dudó. Vive cerca, en una calle de tierra a metros del mar, y viene a trabajar todos los días en bicicleta.

Playas salvajes, lagunas y manglares

Aunque domine el cemento, Barra da Tijuca es el punto de partida de un mundo acuático de islitas y playitas solitarias que vale la pena descubrir. El espejo de agua más cercano es la laguna Marapendi. A menos de 300 metros de la playa, es un oasis de paz; no se oyen ni los autos ni las olas del mar que está del otro lado de la mata atlántica. Sus aguas calmas se pueden surcar en una balsa estilo safari, con la guía de un biólogo. Se observan garzas reposando y en vuelo, además de tres yacarés, un biguá, un martín pescador y varios carpinchos. “Capibara, capibara”, grita una turista brasileña cuando los detecta, porque aparentemente no es tan común verlos por acá. Mientras la balsa avanza suavemente, una camarera convida agua de coco.

Otro gran plan es encarar una trilha a playas salvajes y casi desiertas –una cara no evidente de Río–, como la que lleva a la Praia do Perigoso: desde la playa de Barra de Guaratiba, y después de seguir un camino de pura naturaleza, se llega en menos de una hora a este rincón poco visitado. Un pequeño cerro llamado Piedra de la Tortuga se encarga de separar las diminutas franjas de arena que forman este litoral exuberante, donde hay varias cachoeiras (“cascadas”) y, a veces, hay que atravesar enormes piedras para pisar la arena, como en la Praia da Joatinga, otra joyita para apuntar. A este paraíso escondido y rodeado de acantilados se accede a través de los condominios privados de Joá. En un momento hay que dejar el auto y tomar el sendero entre árboles y paredes rocosas que desciende hasta la franja de arena.

Desde la parte urbana de Barra se puede llegar en auto hasta Prainha. Además de ser una playa divina de arena dorada y aguas cristalinas, pertenece a una zona de protección ambiental dentro de la Reserva Natural Prainha. Como su acceso es más sencillo, puede estar bastante concurrida los fines de semana, pero durante la semana se disfruta en soledad y es la favorita de los surfers. A pocos kilómetros, Grumari es considerada una de las más lindas de Río. Sin construcciones a la vista, está rodeada de manglares y es refugio de una rica biodiversidad autóctona.

Al principio de Barra, entre los postos 1 y 2, se encuentra la Praia de Pepê, donde empezó todo. Copada por jóvenes, familias cariocas, turistas y celebridades, es un buen termómetro del ambiente local. Su nombre es un homenaje al campeón de ala delta y uno de los mejores surfistas del mundo, Pedro Paulo Guise Lopes, más conocido como Pepê. Además de gran deportista, Pepê era un personaje muy querido y carismático gracias al kiosco playero que fundó en 1979 –Barraca do Pepê–, donde servía suculentos sándwiches “naturales”. Pepê partió de este mundo, pero su bar sigue firme y es punto de encuentro ineludible. El hit para pedir es el sándwich frango voador (“pollo volador”), que puede ser con o sin curry.

Una isla dentro de la urbe

Muchos cariocas no conocen la Ilha da Gigóia. Este pequeño archipiélago dentro de la Laguna de Tijuca es uno de los grandes secretos, no sólo de Barra, sino de toda la ciudad. Lo más curioso es su punto de acceso: la estación de metro Jardim Oceânico. A pasos de la agitada Avenida Armando Lombardi y de una estación de servicio que hace de estacionamiento, un callejón casi oculto lleva a este oasis tropical, un submundo de agua, morros, manglares y pintorescas construcciones sobre pilotes.

En la isla viven apenas 3.000 personas, pero es muy visitada todos los días por sus restaurantes de frutos de mar. Para recorrerla, hay que subirse a las barcazas de madera que cruzan cada diez minutos y cobran, según el trayecto, entre 3 y 10 reales.

Una parada obligada es Ocyá, en la Ilha Primeira, a cinco minutos de navegación. Muchos descubrieron este restaurante hace poco, cuando fue recomendado por la guía Michelin e incluido dentro de los 50 Best. Pero su cocina rupturista cosecha seguidores desde que abrió, en 2022.

Son no más de diez mesas en un deck sobre la laguna y algunas más adentro, junto a enormes cámaras de vidrio entre -1° y 2° donde varios pescados cuelgan de unos ganchos, sin amontonarse. Algunos están hace unas horas y otros llevan hasta 14 días de maduración.

Gerônimo Athuel, su artífice y cocinero, está presente en todo el proceso: captura sus pescados, los madura meticulosamente en sus cámaras y, una vez que alcanzan el punto justo (varía según cada especie), los manda a las brasas. Se jacta de usar todas sus partes y no desaprovechar nada. La bicuda, por ejemplo, tiene ocho días de maduración y es un manjar. Suele haber en el menú especies no tan comerciales ni fáciles de encontrar, como el ubarana, el sororoca, el faqueco y el pitangola, que llegan a la mesa con sus pieles crocantes e interiores jugosos y un dejo levemente ahumado. Otros imperdibles son el pulpo grillado, sazonado con paprika, y un pan de ajo relleno de camarón que resulta adictivo.

Ocyá abre al mediodía durante la semana y extiende su horario los fines de semana, hasta la noche. Es un spot ideal para visitar al atardecer, con una vista gloriosa de la laguna. Así, en una terracita con suave brisa, rodeada de agua, manglares y casitas de colores, se revela otra de las muchas facetas de Río.

DATO ÚTIL

Grand Hyatt Río

Av Lucio Costa 9600. IG: @grandhyatt_rio
Ofrece 436 habitaciones, dos restaurantes (uno japonés), un destacado spa, fitness center 24 hs, piscina y servicio de playa. Aceptan mascotas. Desde u$s 145 la doble, sin desayuno.

 Antes aislada, la zona oeste renació con los Juegos Olímpicos de 2016 y no para de crecer. Sus 20 kilómetros de playas espléndidas se combinan con condominios y hoteles de alta gama, lagunas y manglares, shoppings y varias perlitas gourmet.  Read More