No se dejaba tocar, pero estaba tan enferma que maulló hasta que ella entendió lo que necesitaba: “Quizás fuera su último invierno”

De los gatos de aquella colonia que le quitaba el sueño, ella era la más flaca, la más vieja y la más arisca. También la que tenía más mañas, la impaciente que no daba tiempo a abrir latas ni recipientes con alimento húmedo. Estaba hambrienta, desesperada. Siempre maullaba desde la distancia, siempre estaba presente, pero era intocable.

Ella, además de flaca, vieja y arisca, también era invisible y parte del grupo de los que nunca serían adoptados, de los que nunca nadie elegiría. Hasta que llegó la pandemia que paralizaría al mundo, los gatos de esa colonia quedaron sin sus caricias. Alimento y agua tenían.

Herido y sin un ojo, lo rescató en China y su empatía lo llevó a gastar todo lo que tenía para salvarlo: “No podía dejarlo”

“Con su mirada me pidió auda”

Pero no solo de comida viven los gatos. Los más viejos, los más débiles o los que estaban enfermos, decayeron. De modo que Verónica -que es traductora, educadora felina y terapeuta floral-, que todos los días hacía 17 km desde su domicilio hasta el predio, comenzó a sacar a algunos justo a tiempo antes de que llegaran a un punto de no retorno o de que los alcanzara la muerte.

Y así, un 27 de marzo, a puro grito de ayuda, Twiggy le dio a entender que finalmente quería ser rescatada. “Con su mirada me dijo que el lugar donde la abandonaron y que había sido aceptable durante años, ya no le servía a su cuerpo. La diarrea se había apoderado de su organismo y la flaca ahora estaba esquelética: apenas superaba el kilo de peso”.

Aunque Verónica no tenía dónde llevarla, supo de inmediato que el cuerpo abatido de la gata a la que había bautizado Twiggy por su parecido con la famosa supermodelo británica, no resistiría mucho más. Necesitaba pasar su último invierno rodeada de calor, de mimos y de comida y agua fresca a disposición.

El patio de los gatos invisibles

Hacía ya varios años que Verónica les había prometido a los gatos de la colonia que todos conocían como “el patio de los gatos invisibles”, que cambiaría sus tristes destinos. “Nunca había visto tantos gatos juntos. Vivían en un un patio oscuro, húmedo y ruidoso en el medio de un predio que pertenece a la municipalidad de San Miguel de Tucumán. La puerta se caía a pedazos. Había muchos gatos asustados, varios en los techos. Conté más de 30 adentro y otros tantos que miraban desde lejos”, recuerda Verónica sobre la primera vez que visitó el lugar donde el abandono de gatos era una constante.

Ese día, a través de una convocatoria publicada en redes sociales, se habían acercado al predio unas 20 personas: hacía falta a ayuda con las tareas propias que requiere cuidar a un animal. En la siguiente visita solo fueron dos personas. Y, la tercera, ya no se presentó nadie más, con excepción de Verónica y su fuerza de voluntad inquebrantable.

“Los gatos tenían alimento balanceado del más barato, agua y nada más. El único contacto humano era el del personal que limpiaba a la mañana, a baldazo ya que los animales no tenían bandeja sanitaria para hacer sus necesidades. El lugar era un depósito de animales y nadie se había comprometido a darles una vida digna, ni dentro ni fuera”, detalla con tristeza.

Por ese entonces, la página SOS Felinos Tucumán ya estaba creada y Verónica tomó el control para usarla como plataforma de difusión. Sacó incontables fotos para pedir adopciones y hogares de tránsito. Se sumaron algunas voluntarias que la acompañaron esporádicamente y en poco tiempo, pudo crear una red de hogares de tránsito que fue renovándose cada año. “Pude rescatar a los pequeños pero los adultos seguían ahí. Hasta que me animé a darles una oportunidad a ellos también”.

Los pedidos de mejoras en infraestructura que Verónica hacía a la municipalidad se perdían en el camino de la burocracia. Entonces, compró metros de tela gallinera y cerró todos los agujeros por donde escapaban los gatos. Cambió la puerta por una nueva y comenzó a llevar alimento balanceado de calidad, bandejas sanitarias y piedritas.

Como el predio contaba con un veterinario, algunos gatos pudieron ser atendidos ahí mismo. Verónica compraba los medicamentos necesarios. “Todo fue escalonado: tenía los gatos adentro y sumaba gatos en tránsito. Mientras, ya se concretaban las primeras adopciones. El primer año fue una locura: 150 gatos consiguieron una familia”.

Sin embargo, el patio de los gatos invisibles todavía seguía en pie. “Se había transformado en una sentencia de muerte. El final se aceleró cuando el fantasma de la inyección letal empezó a rondar muy cerca, cuando las paredes y los techos empezaron a caer cerca, cuando el diálogo que nunca fue fluido se cortó del lado de los administradores”, rememora.

“Tal vez serían sus últimos días”

En el 2020, Twiggy estaba más flaca que nunca y la diarrea no paraba. Quizás, de alguna manera presentía que en el patio ya no había lugar para ellos. “No lo dudé. La levanté en brazos -estaba tan débil que no pudo oponer resistencia- y la hice atender por mi veterinario de confianza de inmediato. Le indicó dieta especial, medicación y paciencia, tal vez serían sus últimos días”.

Aunque Twiggy estaba débil, lo primero que hizo fue buscar el sol del jardín y allí se durmió. Con el correr de los días, empezó a recobrar el apetito, ese que la caracterizaba. “Le hice algunos estudios y obtuvo un diagnóstico: enfermedad inflamatoria gastrointestinal y vejez… la Twiggy tenía unos 12 a 13 años en ese momento”.

Hoy, con 17 años, la rutina de alimentación sigue. Twiggy lleva una dieta medicada y toma suplementos naturales: caldo de huesos, Omega, hongos adaptógenos. Se deja alzar y ronronea. Todo el tiempo tiene hambre, duerme mucho más que antes. Ha sido la anfitriona de más de 100 tránsitos que pasaron por la casa de Verónica desde que ella llegó.

¿Y el patio de los gatos invisibles? Hoy tiene la puerta de entrada cerrada, esta vez sin gatos adentro. Porque las promesas que Verónica les hizo a los animales nunca fueron vacías como las de los funcionarios de turno. Y, después de años de trabajo incansable, la utopía de vaciar un refugio se hizo realidad.

“No sé si Twiggy es inmortal, pero está cerca de serlo. Solo pesa 1.5 kg y sus huesos se sienten. Nunca más fue invisible, no para mí. ¿Y su último invierno? Ya no me arriesgo a vaticinar cuándo será. Lo que sé, es que es feliz“.

Compartí una historia

Si tenés una historia de adopción, rescate, rehabilitación o ayudaste a algún animal en situación de riesgo y querés contar su historia, escribinos a bestiariolanacion@gmail.com

De los gatos de aquella colonia que le quitaba el sueño, ella era la más flaca, la más vieja y la más arisca. También la que tenía más mañas, la impaciente que no daba tiempo a abrir latas ni recipientes con alimento húmedo. Estaba hambrienta, desesperada. Siempre maullaba desde la distancia, siempre estaba presente, pero era intocable.

Ella, además de flaca, vieja y arisca, también era invisible y parte del grupo de los que nunca serían adoptados, de los que nunca nadie elegiría. Hasta que llegó la pandemia que paralizaría al mundo, los gatos de esa colonia quedaron sin sus caricias. Alimento y agua tenían.

Herido y sin un ojo, lo rescató en China y su empatía lo llevó a gastar todo lo que tenía para salvarlo: “No podía dejarlo”

“Con su mirada me pidió auda”

Pero no solo de comida viven los gatos. Los más viejos, los más débiles o los que estaban enfermos, decayeron. De modo que Verónica -que es traductora, educadora felina y terapeuta floral-, que todos los días hacía 17 km desde su domicilio hasta el predio, comenzó a sacar a algunos justo a tiempo antes de que llegaran a un punto de no retorno o de que los alcanzara la muerte.

Y así, un 27 de marzo, a puro grito de ayuda, Twiggy le dio a entender que finalmente quería ser rescatada. “Con su mirada me dijo que el lugar donde la abandonaron y que había sido aceptable durante años, ya no le servía a su cuerpo. La diarrea se había apoderado de su organismo y la flaca ahora estaba esquelética: apenas superaba el kilo de peso”.

Aunque Verónica no tenía dónde llevarla, supo de inmediato que el cuerpo abatido de la gata a la que había bautizado Twiggy por su parecido con la famosa supermodelo británica, no resistiría mucho más. Necesitaba pasar su último invierno rodeada de calor, de mimos y de comida y agua fresca a disposición.

El patio de los gatos invisibles

Hacía ya varios años que Verónica les había prometido a los gatos de la colonia que todos conocían como “el patio de los gatos invisibles”, que cambiaría sus tristes destinos. “Nunca había visto tantos gatos juntos. Vivían en un un patio oscuro, húmedo y ruidoso en el medio de un predio que pertenece a la municipalidad de San Miguel de Tucumán. La puerta se caía a pedazos. Había muchos gatos asustados, varios en los techos. Conté más de 30 adentro y otros tantos que miraban desde lejos”, recuerda Verónica sobre la primera vez que visitó el lugar donde el abandono de gatos era una constante.

Ese día, a través de una convocatoria publicada en redes sociales, se habían acercado al predio unas 20 personas: hacía falta a ayuda con las tareas propias que requiere cuidar a un animal. En la siguiente visita solo fueron dos personas. Y, la tercera, ya no se presentó nadie más, con excepción de Verónica y su fuerza de voluntad inquebrantable.

“Los gatos tenían alimento balanceado del más barato, agua y nada más. El único contacto humano era el del personal que limpiaba a la mañana, a baldazo ya que los animales no tenían bandeja sanitaria para hacer sus necesidades. El lugar era un depósito de animales y nadie se había comprometido a darles una vida digna, ni dentro ni fuera”, detalla con tristeza.

Por ese entonces, la página SOS Felinos Tucumán ya estaba creada y Verónica tomó el control para usarla como plataforma de difusión. Sacó incontables fotos para pedir adopciones y hogares de tránsito. Se sumaron algunas voluntarias que la acompañaron esporádicamente y en poco tiempo, pudo crear una red de hogares de tránsito que fue renovándose cada año. “Pude rescatar a los pequeños pero los adultos seguían ahí. Hasta que me animé a darles una oportunidad a ellos también”.

Los pedidos de mejoras en infraestructura que Verónica hacía a la municipalidad se perdían en el camino de la burocracia. Entonces, compró metros de tela gallinera y cerró todos los agujeros por donde escapaban los gatos. Cambió la puerta por una nueva y comenzó a llevar alimento balanceado de calidad, bandejas sanitarias y piedritas.

Como el predio contaba con un veterinario, algunos gatos pudieron ser atendidos ahí mismo. Verónica compraba los medicamentos necesarios. “Todo fue escalonado: tenía los gatos adentro y sumaba gatos en tránsito. Mientras, ya se concretaban las primeras adopciones. El primer año fue una locura: 150 gatos consiguieron una familia”.

Sin embargo, el patio de los gatos invisibles todavía seguía en pie. “Se había transformado en una sentencia de muerte. El final se aceleró cuando el fantasma de la inyección letal empezó a rondar muy cerca, cuando las paredes y los techos empezaron a caer cerca, cuando el diálogo que nunca fue fluido se cortó del lado de los administradores”, rememora.

“Tal vez serían sus últimos días”

En el 2020, Twiggy estaba más flaca que nunca y la diarrea no paraba. Quizás, de alguna manera presentía que en el patio ya no había lugar para ellos. “No lo dudé. La levanté en brazos -estaba tan débil que no pudo oponer resistencia- y la hice atender por mi veterinario de confianza de inmediato. Le indicó dieta especial, medicación y paciencia, tal vez serían sus últimos días”.

Aunque Twiggy estaba débil, lo primero que hizo fue buscar el sol del jardín y allí se durmió. Con el correr de los días, empezó a recobrar el apetito, ese que la caracterizaba. “Le hice algunos estudios y obtuvo un diagnóstico: enfermedad inflamatoria gastrointestinal y vejez… la Twiggy tenía unos 12 a 13 años en ese momento”.

Hoy, con 17 años, la rutina de alimentación sigue. Twiggy lleva una dieta medicada y toma suplementos naturales: caldo de huesos, Omega, hongos adaptógenos. Se deja alzar y ronronea. Todo el tiempo tiene hambre, duerme mucho más que antes. Ha sido la anfitriona de más de 100 tránsitos que pasaron por la casa de Verónica desde que ella llegó.

¿Y el patio de los gatos invisibles? Hoy tiene la puerta de entrada cerrada, esta vez sin gatos adentro. Porque las promesas que Verónica les hizo a los animales nunca fueron vacías como las de los funcionarios de turno. Y, después de años de trabajo incansable, la utopía de vaciar un refugio se hizo realidad.

“No sé si Twiggy es inmortal, pero está cerca de serlo. Solo pesa 1.5 kg y sus huesos se sienten. Nunca más fue invisible, no para mí. ¿Y su último invierno? Ya no me arriesgo a vaticinar cuándo será. Lo que sé, es que es feliz“.

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 De los gatos de aquella colonia que le quitaba el sueño, ella era la más flaca, la más vieja y la más arisca. También la que tenía más mañas, la impaciente que no daba tiempo a abrir latas ni recipientes con alimento húmedo. Estaba hambrienta, desesperada. Siempre maullaba desde la distancia, siempre estaba presente, pero era intocable.Ella, además de flaca, vieja y arisca, también era invisible y parte del grupo de los que nunca serían adoptados, de los que nunca nadie elegiría. Hasta que llegó la pandemia que paralizaría al mundo, los gatos de esa colonia quedaron sin sus caricias. Alimento y agua tenían.Herido y sin un ojo, lo rescató en China y su empatía lo llevó a gastar todo lo que tenía para salvarlo: “No podía dejarlo”“Con su mirada me pidió auda”Pero no solo de comida viven los gatos. Los más viejos, los más débiles o los que estaban enfermos, decayeron. De modo que Verónica -que es traductora, educadora felina y terapeuta floral-, que todos los días hacía 17 km desde su domicilio hasta el predio, comenzó a sacar a algunos justo a tiempo antes de que llegaran a un punto de no retorno o de que los alcanzara la muerte. Y así, un 27 de marzo, a puro grito de ayuda, Twiggy le dio a entender que finalmente quería ser rescatada. “Con su mirada me dijo que el lugar donde la abandonaron y que había sido aceptable durante años, ya no le servía a su cuerpo. La diarrea se había apoderado de su organismo y la flaca ahora estaba esquelética: apenas superaba el kilo de peso”.Aunque Verónica no tenía dónde llevarla, supo de inmediato que el cuerpo abatido de la gata a la que había bautizado Twiggy por su parecido con la famosa supermodelo británica, no resistiría mucho más. Necesitaba pasar su último invierno rodeada de calor, de mimos y de comida y agua fresca a disposición. El patio de los gatos invisiblesHacía ya varios años que Verónica les había prometido a los gatos de la colonia que todos conocían como “el patio de los gatos invisibles”, que cambiaría sus tristes destinos. “Nunca había visto tantos gatos juntos. Vivían en un un patio oscuro, húmedo y ruidoso en el medio de un predio que pertenece a la municipalidad de San Miguel de Tucumán. La puerta se caía a pedazos. Había muchos gatos asustados, varios en los techos. Conté más de 30 adentro y otros tantos que miraban desde lejos”, recuerda Verónica sobre la primera vez que visitó el lugar donde el abandono de gatos era una constante.Ese día, a través de una convocatoria publicada en redes sociales, se habían acercado al predio unas 20 personas: hacía falta a ayuda con las tareas propias que requiere cuidar a un animal. En la siguiente visita solo fueron dos personas. Y, la tercera, ya no se presentó nadie más, con excepción de Verónica y su fuerza de voluntad inquebrantable. “Los gatos tenían alimento balanceado del más barato, agua y nada más. El único contacto humano era el del personal que limpiaba a la mañana, a baldazo ya que los animales no tenían bandeja sanitaria para hacer sus necesidades. El lugar era un depósito de animales y nadie se había comprometido a darles una vida digna, ni dentro ni fuera”, detalla con tristeza. Por ese entonces, la página SOS Felinos Tucumán ya estaba creada y Verónica tomó el control para usarla como plataforma de difusión. Sacó incontables fotos para pedir adopciones y hogares de tránsito. Se sumaron algunas voluntarias que la acompañaron esporádicamente y en poco tiempo, pudo crear una red de hogares de tránsito que fue renovándose cada año. “Pude rescatar a los pequeños pero los adultos seguían ahí. Hasta que me animé a darles una oportunidad a ellos también”. Los pedidos de mejoras en infraestructura que Verónica hacía a la municipalidad se perdían en el camino de la burocracia. Entonces, compró metros de tela gallinera y cerró todos los agujeros por donde escapaban los gatos. Cambió la puerta por una nueva y comenzó a llevar alimento balanceado de calidad, bandejas sanitarias y piedritas. Como el predio contaba con un veterinario, algunos gatos pudieron ser atendidos ahí mismo. Verónica compraba los medicamentos necesarios. “Todo fue escalonado: tenía los gatos adentro y sumaba gatos en tránsito. Mientras, ya se concretaban las primeras adopciones. El primer año fue una locura: 150 gatos consiguieron una familia”. Sin embargo, el patio de los gatos invisibles todavía seguía en pie. “Se había transformado en una sentencia de muerte. El final se aceleró cuando el fantasma de la inyección letal empezó a rondar muy cerca, cuando las paredes y los techos empezaron a caer cerca, cuando el diálogo que nunca fue fluido se cortó del lado de los administradores”, rememora. “Tal vez serían sus últimos días”En el 2020, Twiggy estaba más flaca que nunca y la diarrea no paraba. Quizás, de alguna manera presentía que en el patio ya no había lugar para ellos. “No lo dudé. La levanté en brazos -estaba tan débil que no pudo oponer resistencia- y la hice atender por mi veterinario de confianza de inmediato. Le indicó dieta especial, medicación y paciencia, tal vez serían sus últimos días”.Aunque Twiggy estaba débil, lo primero que hizo fue buscar el sol del jardín y allí se durmió. Con el correr de los días, empezó a recobrar el apetito, ese que la caracterizaba. “Le hice algunos estudios y obtuvo un diagnóstico: enfermedad inflamatoria gastrointestinal y vejez… la Twiggy tenía unos 12 a 13 años en ese momento”.Hoy, con 17 años, la rutina de alimentación sigue. Twiggy lleva una dieta medicada y toma suplementos naturales: caldo de huesos, Omega, hongos adaptógenos. Se deja alzar y ronronea. Todo el tiempo tiene hambre, duerme mucho más que antes. Ha sido la anfitriona de más de 100 tránsitos que pasaron por la casa de Verónica desde que ella llegó. ¿Y el patio de los gatos invisibles? Hoy tiene la puerta de entrada cerrada, esta vez sin gatos adentro. Porque las promesas que Verónica les hizo a los animales nunca fueron vacías como las de los funcionarios de turno. Y, después de años de trabajo incansable, la utopía de vaciar un refugio se hizo realidad. “No sé si Twiggy es inmortal, pero está cerca de serlo. Solo pesa 1.5 kg y sus huesos se sienten. Nunca más fue invisible, no para mí. ¿Y su último invierno? Ya no me arriesgo a vaticinar cuándo será. Lo que sé, es que es feliz“. Compartí una historiaSi tenés una historia de adopción, rescate, rehabilitación o ayudaste a algún animal en situación de riesgo y querés contar su historia, escribinos a bestiariolanacion@gmail.com  Read More