PALMA DE MALLORCA.- El mundo tiene menos democracias que autocracias por primera vez en veinte años: 88 contra 91. Las democracias liberales se han convertido en el tipo de régimen menos común en todo el mundo: sumaban solo 29 el año pasado. Tres de cada cuatro personas viven en autocracias, el nivel más alto desde 1978 ( 72%). Duras, frías y alarmantes, son cifras del reporte 2025 del prestigioso Varieties of Democracy (V-Dem), un instituto de alcance global que depende de la Universidad de Gotemburgo, Suecia, y que produce el mayor conjunto de datos mundiales sobre democracia en 202 países.
El debate sobre el debilitamiento de las democracias no solo florece en las librerías, sino que es ineludible en tertulias y mesas de reflexión política del Occidente actual. Para analizar el fenómeno, LA NACION habló con el profesor Steven Forti (Trento, 1981), quien pese a su juventud ha dedicado media vida a investigar fascismos, populismos, nacionalismos y extremas derechas hoy en alza. Catedrático de Historia Moderna y Contemporánea de la Universidad Autónoma de Barcelona, Forti es autor de Democracias en extinción. El espectro de las autocracias electorales (2024) y de Extrema derecha 2.0 (2022), exitoso ensayo que el 26 de abril presentará en la Feria del Libro de Buenos Aires en versión actualizada y ampliada.
“Estamos ante un auténtico cambio de época –explica en perfecto español desde Barcelona, donde reside desde hace dos décadas–. Hay muchas incógnitas por delante”.
Milei ha conseguido hacer de sus excesos su marca de fábrica. Se ha convertido en empresario político del descontento social
Todo está cambiando muy rápidamente, señala Forti. Principalmente, el papel de Estados Unidos. La segunda presidencia de Trump, que supone transformaciones “radicales”, impacta en todo Occidente, afirma. “El orden internacional liberal que se había construido después de la Segunda Guerra Mundial, sobre todo por impulso de Estados Unidos, está siendo destruido por Trump. Pasamos de una época marcada por el intento de organizar el mundo a partir de organismos internacionales como las Naciones Unidas o la Organización Mundial de Comercio, de una diplomacia que buscaba evitar conflictos, a lo que parece la ley de la jungla. Trump dice ‘quiero Canadá, quiero el canal de Panamá, quiero Groenlandia’. Un gesto casi imperial”.
–¿Se desmoronó la idea de que en Estados Unidos había fuertes anticuerpos que protegían sus instituciones?
–Posiblemente. Hay una cuestión de fondo y es determinar qué entendemos por democracia. Creo que a partir de la victoria del modelo neoliberal, es decir, finales de los años 70 y principios de los 80, se ha impuesto una cierta idea de democracia, como si consistiera solo en el respeto de algunas reglas del juego. Es decir, un candidato pierde las elecciones, deja el poder, viene otro y se queda cuatro años, y no mucho más que eso. Una democracia minimalista. Se ha perdido otro elemento que ha tenido peso en la definición de democracia, que es su lado social.
–Defina democracia minimalista, por favor.
–Es decir, un país que asume una serie de instituciones en línea con un modelo democrático liberal celebra elecciones cada cuatro o cinco años y ya está, eso es democracia. Pero pensemos en la Rusia de Putin o la Hungría de Orban. Hay elecciones cada cuatro años. Supuestamente, hay partidos de la oposición, aunque en Rusia cada vez menos, como sabemos. Hay una apariencia de respeto a las reglas del juego democrático. Aparte, el modelo neoliberal de Milton Friedman ha atacado el modelo participativo de democracia.
–El famoso monetarismo de esos años.
–Exacto. La reacción frente a los cambios sociales y al auge de las izquierdas de los años 60, una especie de temor a la democracia participativa con propuestas en contra de la intervención del Estado en la economía. Esto debilitó mucho los cuerpos intermedios representados, por ejemplo, por los sindicatos y otras organizaciones de la sociedad civil. Ahí está la base del crecimiento de las extremas derechas que anidan en las instituciones y llegan al poder, como estamos viendo.
China o Corea del Norte son autocracias cerradas. Nicaragua, Venezuela y Cuba son autocracias electorales de izquierda
–¿El Estado de bienestar, como se lo conoce en Europa, fue puesto en cuestión?
–Sí. Las culturas políticas de derecha, del fascismo al neoliberalismo, tienen en común el “antiigualitarismo”. Hablo de que al concepto de libertad se lo desvincula del de igualdad. Para que una sociedad sea realmente democrática tienen que ir de la mano libertad e igualdad. Y la igualdad se relaciona con el modelo del Estado del bienestar, que fue la respuesta después del drama de la Segunda Guerra Mundial y de los fascismos y de la crisis económica del 29. Este programa, no lo olvidemos, fue pensado y ejecutado por gente que defendía el sistema capitalista, pero que limitó su lado más salvaje justamente para salvarlo. Porque Keynes, tan odiado por los neoliberales, no era ni un socialista ni un comunista. Era un defensor del sistema capitalista, pero entendió que para salvar el capitalismo debía garantizar condiciones hasta un cierto punto justas para toda la población.
–En sus trabajos suele marcar como un hito la crisis de Lehman Brothers de 2008.
–Tras esa crisis se repetía que el neoliberalismo estaba en crisis. Pero ahora está surgiendo una nueva versión del neoliberalismo de Reagan y Thatcher, que reivindica explícitamente posiciones antidemocráticas. Y está encarnado en las nuevas tecnologías y en figuras como Elon Musk, aunque no sé si el concepto neoliberalismo es apropiado. Pues sostienen explícitamente que la democracia es un sistema fallido. Promueven una nueva monarquía donde en lugar del rey esté el CEO de una empresa. Entonces, fin del orden liberal internacional ante un neoliberalismo mucho más agresivo, con figuras clave que tienen intereses importantes, aparte de muchísimo dinero, en sectores que marcan el presente y marcarán el futuro. Manejan el espacio digital, son dueños de la IA y de las redes sociales que influyen en cómo la gente ve el mundo y también en los procesos electorales.
–En paralelo con los movimientos de extrema derecha…
-Si, una extrema derecha que, cuando puede, muestra que quiere dejar atrás la democracia liberal e instaurar lo que se define como autocracias electorales. Es el caso de Orban, el caso de El Salvador, con Bukele, y lo que vemos con Trump. Es decir, un vaciamiento de la democracia desde adentro, tras haber conseguido el poder a través de elecciones. Una democracia de fachada, con valores iliberales, sin pluralismo informativo y sin separación de poderes como resultado final.
–Cita el caso de Hungría como paradigmático…
–Es el modelo más logrado de autocracia electoral con una ideología de extrema derecha. Orban llega al poder y cambia la Constitución, cambia las leyes electorales para mantenerse en el poder. Y ataca el Estado de derecho desde adentro: un Ejecutivo que controla el Legislativo y un sistema judicial formado por personas de confianza y fieles al partido de gobierno. Es decir, ataca la base del sistema democrático liberal.
La sociedad debe movilizarse para democratizar el espacio digital, pues esto servirá también para salvar nuestras democracias”
–También ataca a la prensa.
–Otro elemento clave. Elimina el pluralismo informativo. En la Hungría de hoy el 93% de los medios de comunicación, no solo los públicos sino también los privados, están en manos de Orban, su partido u oligarcas testaferros cercanos a Orban. Pasa lo mismo en El Salvador de Bukele. El Faro, el diario histórico El Salvador, ha sufrido ataques constantes y no ha sido comprado, pero tuvo que pasarse a digital y mover su sede a Costa Rica. The Washington Post está en manos de Jeff Bezos.
–¿Cómo llegamos hasta acá?
–Creo que hay tres grandes causas. Por un lado, el aumento de las desigualdades en el mundo occidental. Es decir, los ricos cada vez más ricos, los pobres cada vez más pobres, el achicamiento de la clase media, la precarización del trabajo, el debilitamiento del Estado del bienestar. Segundo elemento: lo que se ha venido llamando en ciencias políticas la reacción cultural, cultural backlash en inglés. Nuestras sociedades han vivido cambios importantes en las últimas décadas, con una serie de nuevos derechos: LGTBI, la igualdad de género, el feminismo. Cambios marcados también por los flujos migratorios y la llegada de población de origen extranjero en número mayor, lo que trajo una reacción por parte de algunos sectores. También por la pérdida de privilegios o el riesgo de perderlos. La extrema derecha ha percibido esto y ha sacado provecho azuzando reacciones, miedos y suspicacias. Todo convertido en odio y capitalizado políticamente. Y luego, la crisis de la democracia liberal.
–¿Qué la detonó?
–El aumento de la desconfianza entre ciudadanía e instituciones. Los niveles de desconfianza superan el 70%. Si no hay confianza entre sus miembros y entre sus miembros y sus representantes, vamos mal. Hay también como un imaginario, una ideología invisible. Recordemos el famoso eslogan de Margaret Thatcher, There is no alternative. No hay alternativa. Se ha presentado una solución pragmática a los problemas de sociedades que estaban pasando del fordismo al posfordismo. En el proceso ha sido clave el debilitamiento de los cuadros intermedios. Sindicatos, partidos, asociaciones de sociedad civil.
–Pero sería bueno una autocrítica tanto de la política como de los sindicatos.
–Desde luego, errores y responsables hay muchos. Si miramos lo que eran los partidos y los sindicatos hace unas dos o tres décadas, en la mayoría de países tenían muchos afiliados y sedes. Hoy son la sombra de la sombra.
–En la Argentina, los sindicatos están desprestigiados. Corrupción, prácticas mafiosas, dirigentes millonarios y afiliados pobres. Y la clase política también.
–Mi reflexión quizá peca de cierto eurocentrismo, porque son los contextos nacionales que conozco más. Quizás en un lugar determinado el avance de la ultraderecha puede deberse al cierre de fábricas o el aumento del desempleo, en otro a la inmigración, en otro al miedo a perder el trabajo. O un poco de cada cosa. Pero cada contexto es clave.
–Trump, Orban, Milei, Abascal, Meloni, quizá Bolsonaro… ¿son todos lo mismo?
–No, cada uno tiene sus particularidades, pero son parte de un mismo grupo político global. Su aparición está vinculada a las realidades, diferentes todas, de sus propios países, pero tienen puntos en común. Hablan el lenguaje de la gente común y se manejan muy bien con las redes sociales. Se muestran transgresores, provocadores, cool e incluso antisistema, lo que genera cierta confusión ideológica.
–¿Qué opina de Milei?
–Milei es un personaje esperpéntico que ha conseguido hacer de sus excesos su marca de fábrica. Se trata de un economista fracasado que se ha convertido por sorpresa en empresario político del descontento de la sociedad argentina. Su apuesta paleolibertaria no es nada más que la voluntad explícita de dejar de morir de hambre a los más pobres y hacer a los ricos aún más ricos y convertir el Estado en un organismo represor de quién piensa distinto. Para Milei, la democracia es un estorbo y la justicia social (uno de los mayores logros, si bien parciales, de nuestras sociedades en los últimos dos siglos) es “aberrante”. Esto lo dice todo. En síntesis, es un wanna-be dictator, es decir, un dictador en potencia.
–Su opinión coincide con la de muchos analistas políticos, aunque le reconocen un mérito: bajó la inflación, grave y reincidente karma de la Argentina. Y el ciudadano de a pie lo reconoce…
–¿De qué nos sirven unos buenos datos macroeconómicos si la gran mayoría de la gente vive peor, y sobre todo los más necesitados? En el primer año de gobierno de Milei el consumo de carne y de leche ha registrado el peor dato desde siempre, la compra en supermercados ha bajado un 11%, el salario mínimo ha registrado una caída real del 19%. Dejémonos de datos macro y vayamos a ver cómo vive realmente la mayoría de la gente.
–¿En qué se diferencia Milei de Trump, Meloni u Orban?
–Milei es la versión argentina de la gran familia global de las extremas derechas 2.0. Sus contactos y amistades internacionales lo demuestran: Trump, Musk, Bukele, Netanyahu, Meloni, Abascal, Orban. Obviamente, tiene sus peculiaridades, pero comparte la mayoría de las referencias ideológicas y de las estrategias políticas y comunicativas de los demás líderes ultraderechistas a escala global. Quizá lo que diferencia más a Milei es, por un lado, su narcisismo –comparable solo al de Trump y Musk–, sus excentricidades y su estilo pseudo-rebelde. Por el otro, el haber expresado de forma explícita su ultraliberalismo autoritario. No es que los demás no lo piensen o que no quieran ir hacia esa dirección, pero, excepto el “nuevo” Trump que estamos conociendo desde enero, se guardan de decírselo en la cara a sus ciudadanos.
–¿Qué dice de Brasil, donde Lula volvió al poder desbancando a un ultraderechista como Bolsonaro?
–Pues, la reflexión la haría sobre la ciudadanía. Este me parece el quid de la cuestión. La victoria de Lula demuestra que la extrema derecha se puede derrotar electoralmente si la izquierda y, más en general, los demócratas, se movilizan. Pasó lo mismo en Estados Unidos en 2020. Esto nos demuestra que si, por una razón u otra, los votantes demócratas se quedan en casa, los ultraderechistas pueden volver al gobierno. La cuestión de fondo es que en muchos países se ha consolidado un bloque social que apoya a la extrema derecha, pese a las contradicciones en las heterogéneas coaliciones que conforman. La clave será ver qué pasa en Brasil en 2026. Y atención: si se da el giro autocrático, como en Hungría o El Salvador, luego no habrá otras posibilidades. Vale la pena tenerlo en cuenta.
–¿Cómo define a Cuba, Venezuela o Nicaragua?
–La ideología de un sistema autocrático puede ser diferente. China o Corea del Norte son autocracias cerradas. Nicaragua, Venezuela y Cuba son autocracias electorales de izquierda.
Hungría, El Salvador, Israel, India y quizá dentro de poco Estados Unidos, son de extrema derecha. El tema es que estas últimas son las predominantes en los últimos años.
–¿Qué cree que debilitó a los partidos del Primer Mundo?
–Tanto a los partidos socialdemócratas europeos como a los demócratas americanos los debilitó el haber comprado la agenda neoliberal a partir de los años 80. Por otro lado, la izquierda poscomunista nunca se ha recuperado del fin de la Guerra Fría y la caída de la Unión Soviética. Debe salir de su zona de confort y, por ejemplo, forjar alianzas amplias para proteger la democracia con partidos y sectores de la sociedad políticamente lejanos.
–¿Cuál debería ser el rol de la prensa ante este panorama?
–La prensa sufre desde los 90 la llegada de la tecnología y las redes. El cuarto poder tiene mucho menos poder y más competencia. Lo que no debería hacer es convertirse en altavoz de ideas ultraderechistas o extremistas o antidemocráticas. Y trabajar mucho en el chequeo de datos para evitar fakes news típicas de las redes.
–Suele hablar en sus libros de una sociedad pasiva.
–Sí, porque una democracia puede sostenerse solo si hay participación. La ampliación de los derechos civiles en los Estados Unidos de los años 60 se alcanzó porque la sociedad luchó por ellos. A fines del siglo XIX el movimiento obrero tuvo que pelear para obtener las ocho horas de trabajo y condiciones más dignas. No podemos esperar que alguien nos saque las castañas del fuego. Tiene que haber una toma de conciencia por parte de todos, aunque esto no resuelve de por sí los problemas. El caso polaco lo demuestra, aunque desde diciembre de 2023 hay una amplia coalición liderada por Donald Tusk que incluye a sectores de centroderecha, de derecha democrática, inclusive de izquierda.
–Gobernar en coalición es complejo.
–Así es. Cuando hay un sistema que ha dado pasos agigantados hacia la autocratización, como es el caso de Polonia, no es fácil desmontar el andamiaje institucional creado. Tiene que haber movilización cuando todavía se está a tiempo. Para evitar lo que ocurre en Estados Unidos. Si bien en la primera presidencia de Trump no hubo un proceso de autocratización, ahora lo vemos en esta nueva fase, muy distinta a la primera. Polonia es un modelo al que se le debe prestar más atención, porque ahí se le pudo ganar a la extrema derecha. Que toda la gente que tenga en su corazón la defensa de la democracia, de un sistema plural, se movilice, participe, y no solo que vaya a votar. Añado otro tema muy importante: la necesidad de democratizar el espacio digital.
–¿Estaremos a tiempo?
–Vamos un poco tarde, pero tenemos por delante una batalla contra este nuevo tipo de capitalismo antidemocrático, con figuras como Elon Musk, Peter Thiel y otros que manejan redes, tecnología y muchísimo dinero. Las generaciones futuras mirarán hacia atrás y dirán ¿cómo esta gente, por nosotros, estuvo más de 20 años sin controlar democráticamente el espacio digital? El espacio digital es la ley de la jungla. Y esto influye en campañas electorales, en difusión de fake news, en discursos extremistas y deshumanizantes, etc.
–Hoy ya son actores políticos…
–Se dice que el petróleo del siglo XXI son los datos. A través de las redes sociales, a través de Internet, estas compañías se están enriqueciendo y, sobre todo, acumulan un poder enorme, que son los datos de millones de ciudadanos y ciudadanas. Esta es la batalla que marcará el futuro y que está marcando el presente, aunque no nos demos cuenta.
–¿Qué propone usted?
–Tenemos que movilizarnos como sociedad para democratizar el espacio digital y esto servirá para salvar también nuestras democracias. Tiene que haber un debate y definir hasta qué punto regular. Son multinacionales poderosísimas que no respetan ninguna regla y además no hay ningún tipo de control público sobre cómo funcionan.
–¿Hay vuelta atrás para las democracias en peligro?
–Siempre la hay. Si no pensáramos así, como se dice acá en España, apaguemos la luz y vámonos. Para hacer frente a estas extremas derechas lo primero es conocerlas. Y depende de la ciudadanía. Hemos visto que cuando hay participación la aguja se mueve.
–¿No cree que también es necesario que la educación hable de estos temas?
–Pero claro. Hay que explicar en la escuela que cuesta muchísimo construir una democracia. Y si miramos el pasado en países como la Argentina, Italia, Alemania o España, vemos que se la puede perder como si nada.
–¿Qué ve en sus alumnos en la Universidad?
–Mayoritariamente, comparten esta preocupación. Sin embargo, la muestra de la que dispongo es limitada. Ni todos los estudiantes universitarios piensan igual, ni los estudiantes universitarios representan la media de los jóvenes de su generación.
–Richard Powers, escritor y ganador de un Pulitzer, decía que la IA puede terminar con el capitalismo. Y Yuval Harari tiene sobre el futuro visiones inquietantes.
–Hay una carencia de visiones de futuro esperanzadoras. En el pasado ha habido momentos de violencia, de barbarie, de totalitarismo, pero seguía prevaleciendo en la política y en la sociedad la idea de que el futuro sería mejor. Hoy eso se ha perdido.
–También está la crisis climática.
–Ni hablar. Los científicos lo avisan desde hace años y esto impacta muy fuerte en las nuevas generaciones. Hay un riesgo claro y seguro. Nos estamos suicidando. Entonces estas visiones apocalípticas, que muchas veces son exageradas, encuentran una justificación.
–Y la Unión Europa pide acopiar suministros por si hay guerra o ciberataque.
–Mala tempora currunt. Estos mensajes alarmistas sirven para que la gente vaya aceptando como algo razonable el plan de rearme europeo. La búsqueda de la autonomía estratégica de la UE, necesaria y urgente, no debe limitarse al rearme de cada miembro por separado. Debe incluir una verdadera integración política y una defensa común.
CON EL OJO PUESTO EN LA DERECHA EXTREMA
Perfil: Steven Forti
Steven Forti (Trento, Italia, 1981) es doctor en Historia por la Universidad Autónoma de Barcelona, donde hoy enseña historia moderna y contemporánea.
Sus investigaciones se centran en los fascismos, los populismos, los nacionalismos y las extremas derechas en la época contemporánea, con especial atención a la historia comparada y transnacional.
Es autor de Democracias en extinción. El espectro de las autocracias electorales (2024), y coautor de Patriotas indignados. Sobre la nueva ultraderecha en la Posguerra Fría, entre otros libros.
El 26 de abril a las 19 Forti presentará en la Feria del Libro de Buenos Aires Extrema derecha 2.0. Cómo combatir la normalización global de las ideas ultraderechistas (2021), en versión ampliada (Siglo XXI). Participarán Pablo Semán y Federico Vázquez.
PALMA DE MALLORCA.- El mundo tiene menos democracias que autocracias por primera vez en veinte años: 88 contra 91. Las democracias liberales se han convertido en el tipo de régimen menos común en todo el mundo: sumaban solo 29 el año pasado. Tres de cada cuatro personas viven en autocracias, el nivel más alto desde 1978 ( 72%). Duras, frías y alarmantes, son cifras del reporte 2025 del prestigioso Varieties of Democracy (V-Dem), un instituto de alcance global que depende de la Universidad de Gotemburgo, Suecia, y que produce el mayor conjunto de datos mundiales sobre democracia en 202 países.
El debate sobre el debilitamiento de las democracias no solo florece en las librerías, sino que es ineludible en tertulias y mesas de reflexión política del Occidente actual. Para analizar el fenómeno, LA NACION habló con el profesor Steven Forti (Trento, 1981), quien pese a su juventud ha dedicado media vida a investigar fascismos, populismos, nacionalismos y extremas derechas hoy en alza. Catedrático de Historia Moderna y Contemporánea de la Universidad Autónoma de Barcelona, Forti es autor de Democracias en extinción. El espectro de las autocracias electorales (2024) y de Extrema derecha 2.0 (2022), exitoso ensayo que el 26 de abril presentará en la Feria del Libro de Buenos Aires en versión actualizada y ampliada.
“Estamos ante un auténtico cambio de época –explica en perfecto español desde Barcelona, donde reside desde hace dos décadas–. Hay muchas incógnitas por delante”.
Milei ha conseguido hacer de sus excesos su marca de fábrica. Se ha convertido en empresario político del descontento social
Todo está cambiando muy rápidamente, señala Forti. Principalmente, el papel de Estados Unidos. La segunda presidencia de Trump, que supone transformaciones “radicales”, impacta en todo Occidente, afirma. “El orden internacional liberal que se había construido después de la Segunda Guerra Mundial, sobre todo por impulso de Estados Unidos, está siendo destruido por Trump. Pasamos de una época marcada por el intento de organizar el mundo a partir de organismos internacionales como las Naciones Unidas o la Organización Mundial de Comercio, de una diplomacia que buscaba evitar conflictos, a lo que parece la ley de la jungla. Trump dice ‘quiero Canadá, quiero el canal de Panamá, quiero Groenlandia’. Un gesto casi imperial”.
–¿Se desmoronó la idea de que en Estados Unidos había fuertes anticuerpos que protegían sus instituciones?
–Posiblemente. Hay una cuestión de fondo y es determinar qué entendemos por democracia. Creo que a partir de la victoria del modelo neoliberal, es decir, finales de los años 70 y principios de los 80, se ha impuesto una cierta idea de democracia, como si consistiera solo en el respeto de algunas reglas del juego. Es decir, un candidato pierde las elecciones, deja el poder, viene otro y se queda cuatro años, y no mucho más que eso. Una democracia minimalista. Se ha perdido otro elemento que ha tenido peso en la definición de democracia, que es su lado social.
–Defina democracia minimalista, por favor.
–Es decir, un país que asume una serie de instituciones en línea con un modelo democrático liberal celebra elecciones cada cuatro o cinco años y ya está, eso es democracia. Pero pensemos en la Rusia de Putin o la Hungría de Orban. Hay elecciones cada cuatro años. Supuestamente, hay partidos de la oposición, aunque en Rusia cada vez menos, como sabemos. Hay una apariencia de respeto a las reglas del juego democrático. Aparte, el modelo neoliberal de Milton Friedman ha atacado el modelo participativo de democracia.
–El famoso monetarismo de esos años.
–Exacto. La reacción frente a los cambios sociales y al auge de las izquierdas de los años 60, una especie de temor a la democracia participativa con propuestas en contra de la intervención del Estado en la economía. Esto debilitó mucho los cuerpos intermedios representados, por ejemplo, por los sindicatos y otras organizaciones de la sociedad civil. Ahí está la base del crecimiento de las extremas derechas que anidan en las instituciones y llegan al poder, como estamos viendo.
China o Corea del Norte son autocracias cerradas. Nicaragua, Venezuela y Cuba son autocracias electorales de izquierda
–¿El Estado de bienestar, como se lo conoce en Europa, fue puesto en cuestión?
–Sí. Las culturas políticas de derecha, del fascismo al neoliberalismo, tienen en común el “antiigualitarismo”. Hablo de que al concepto de libertad se lo desvincula del de igualdad. Para que una sociedad sea realmente democrática tienen que ir de la mano libertad e igualdad. Y la igualdad se relaciona con el modelo del Estado del bienestar, que fue la respuesta después del drama de la Segunda Guerra Mundial y de los fascismos y de la crisis económica del 29. Este programa, no lo olvidemos, fue pensado y ejecutado por gente que defendía el sistema capitalista, pero que limitó su lado más salvaje justamente para salvarlo. Porque Keynes, tan odiado por los neoliberales, no era ni un socialista ni un comunista. Era un defensor del sistema capitalista, pero entendió que para salvar el capitalismo debía garantizar condiciones hasta un cierto punto justas para toda la población.
–En sus trabajos suele marcar como un hito la crisis de Lehman Brothers de 2008.
–Tras esa crisis se repetía que el neoliberalismo estaba en crisis. Pero ahora está surgiendo una nueva versión del neoliberalismo de Reagan y Thatcher, que reivindica explícitamente posiciones antidemocráticas. Y está encarnado en las nuevas tecnologías y en figuras como Elon Musk, aunque no sé si el concepto neoliberalismo es apropiado. Pues sostienen explícitamente que la democracia es un sistema fallido. Promueven una nueva monarquía donde en lugar del rey esté el CEO de una empresa. Entonces, fin del orden liberal internacional ante un neoliberalismo mucho más agresivo, con figuras clave que tienen intereses importantes, aparte de muchísimo dinero, en sectores que marcan el presente y marcarán el futuro. Manejan el espacio digital, son dueños de la IA y de las redes sociales que influyen en cómo la gente ve el mundo y también en los procesos electorales.
–En paralelo con los movimientos de extrema derecha…
-Si, una extrema derecha que, cuando puede, muestra que quiere dejar atrás la democracia liberal e instaurar lo que se define como autocracias electorales. Es el caso de Orban, el caso de El Salvador, con Bukele, y lo que vemos con Trump. Es decir, un vaciamiento de la democracia desde adentro, tras haber conseguido el poder a través de elecciones. Una democracia de fachada, con valores iliberales, sin pluralismo informativo y sin separación de poderes como resultado final.
–Cita el caso de Hungría como paradigmático…
–Es el modelo más logrado de autocracia electoral con una ideología de extrema derecha. Orban llega al poder y cambia la Constitución, cambia las leyes electorales para mantenerse en el poder. Y ataca el Estado de derecho desde adentro: un Ejecutivo que controla el Legislativo y un sistema judicial formado por personas de confianza y fieles al partido de gobierno. Es decir, ataca la base del sistema democrático liberal.
La sociedad debe movilizarse para democratizar el espacio digital, pues esto servirá también para salvar nuestras democracias”
–También ataca a la prensa.
–Otro elemento clave. Elimina el pluralismo informativo. En la Hungría de hoy el 93% de los medios de comunicación, no solo los públicos sino también los privados, están en manos de Orban, su partido u oligarcas testaferros cercanos a Orban. Pasa lo mismo en El Salvador de Bukele. El Faro, el diario histórico El Salvador, ha sufrido ataques constantes y no ha sido comprado, pero tuvo que pasarse a digital y mover su sede a Costa Rica. The Washington Post está en manos de Jeff Bezos.
–¿Cómo llegamos hasta acá?
–Creo que hay tres grandes causas. Por un lado, el aumento de las desigualdades en el mundo occidental. Es decir, los ricos cada vez más ricos, los pobres cada vez más pobres, el achicamiento de la clase media, la precarización del trabajo, el debilitamiento del Estado del bienestar. Segundo elemento: lo que se ha venido llamando en ciencias políticas la reacción cultural, cultural backlash en inglés. Nuestras sociedades han vivido cambios importantes en las últimas décadas, con una serie de nuevos derechos: LGTBI, la igualdad de género, el feminismo. Cambios marcados también por los flujos migratorios y la llegada de población de origen extranjero en número mayor, lo que trajo una reacción por parte de algunos sectores. También por la pérdida de privilegios o el riesgo de perderlos. La extrema derecha ha percibido esto y ha sacado provecho azuzando reacciones, miedos y suspicacias. Todo convertido en odio y capitalizado políticamente. Y luego, la crisis de la democracia liberal.
–¿Qué la detonó?
–El aumento de la desconfianza entre ciudadanía e instituciones. Los niveles de desconfianza superan el 70%. Si no hay confianza entre sus miembros y entre sus miembros y sus representantes, vamos mal. Hay también como un imaginario, una ideología invisible. Recordemos el famoso eslogan de Margaret Thatcher, There is no alternative. No hay alternativa. Se ha presentado una solución pragmática a los problemas de sociedades que estaban pasando del fordismo al posfordismo. En el proceso ha sido clave el debilitamiento de los cuadros intermedios. Sindicatos, partidos, asociaciones de sociedad civil.
–Pero sería bueno una autocrítica tanto de la política como de los sindicatos.
–Desde luego, errores y responsables hay muchos. Si miramos lo que eran los partidos y los sindicatos hace unas dos o tres décadas, en la mayoría de países tenían muchos afiliados y sedes. Hoy son la sombra de la sombra.
–En la Argentina, los sindicatos están desprestigiados. Corrupción, prácticas mafiosas, dirigentes millonarios y afiliados pobres. Y la clase política también.
–Mi reflexión quizá peca de cierto eurocentrismo, porque son los contextos nacionales que conozco más. Quizás en un lugar determinado el avance de la ultraderecha puede deberse al cierre de fábricas o el aumento del desempleo, en otro a la inmigración, en otro al miedo a perder el trabajo. O un poco de cada cosa. Pero cada contexto es clave.
–Trump, Orban, Milei, Abascal, Meloni, quizá Bolsonaro… ¿son todos lo mismo?
–No, cada uno tiene sus particularidades, pero son parte de un mismo grupo político global. Su aparición está vinculada a las realidades, diferentes todas, de sus propios países, pero tienen puntos en común. Hablan el lenguaje de la gente común y se manejan muy bien con las redes sociales. Se muestran transgresores, provocadores, cool e incluso antisistema, lo que genera cierta confusión ideológica.
–¿Qué opina de Milei?
–Milei es un personaje esperpéntico que ha conseguido hacer de sus excesos su marca de fábrica. Se trata de un economista fracasado que se ha convertido por sorpresa en empresario político del descontento de la sociedad argentina. Su apuesta paleolibertaria no es nada más que la voluntad explícita de dejar de morir de hambre a los más pobres y hacer a los ricos aún más ricos y convertir el Estado en un organismo represor de quién piensa distinto. Para Milei, la democracia es un estorbo y la justicia social (uno de los mayores logros, si bien parciales, de nuestras sociedades en los últimos dos siglos) es “aberrante”. Esto lo dice todo. En síntesis, es un wanna-be dictator, es decir, un dictador en potencia.
–Su opinión coincide con la de muchos analistas políticos, aunque le reconocen un mérito: bajó la inflación, grave y reincidente karma de la Argentina. Y el ciudadano de a pie lo reconoce…
–¿De qué nos sirven unos buenos datos macroeconómicos si la gran mayoría de la gente vive peor, y sobre todo los más necesitados? En el primer año de gobierno de Milei el consumo de carne y de leche ha registrado el peor dato desde siempre, la compra en supermercados ha bajado un 11%, el salario mínimo ha registrado una caída real del 19%. Dejémonos de datos macro y vayamos a ver cómo vive realmente la mayoría de la gente.
–¿En qué se diferencia Milei de Trump, Meloni u Orban?
–Milei es la versión argentina de la gran familia global de las extremas derechas 2.0. Sus contactos y amistades internacionales lo demuestran: Trump, Musk, Bukele, Netanyahu, Meloni, Abascal, Orban. Obviamente, tiene sus peculiaridades, pero comparte la mayoría de las referencias ideológicas y de las estrategias políticas y comunicativas de los demás líderes ultraderechistas a escala global. Quizá lo que diferencia más a Milei es, por un lado, su narcisismo –comparable solo al de Trump y Musk–, sus excentricidades y su estilo pseudo-rebelde. Por el otro, el haber expresado de forma explícita su ultraliberalismo autoritario. No es que los demás no lo piensen o que no quieran ir hacia esa dirección, pero, excepto el “nuevo” Trump que estamos conociendo desde enero, se guardan de decírselo en la cara a sus ciudadanos.
–¿Qué dice de Brasil, donde Lula volvió al poder desbancando a un ultraderechista como Bolsonaro?
–Pues, la reflexión la haría sobre la ciudadanía. Este me parece el quid de la cuestión. La victoria de Lula demuestra que la extrema derecha se puede derrotar electoralmente si la izquierda y, más en general, los demócratas, se movilizan. Pasó lo mismo en Estados Unidos en 2020. Esto nos demuestra que si, por una razón u otra, los votantes demócratas se quedan en casa, los ultraderechistas pueden volver al gobierno. La cuestión de fondo es que en muchos países se ha consolidado un bloque social que apoya a la extrema derecha, pese a las contradicciones en las heterogéneas coaliciones que conforman. La clave será ver qué pasa en Brasil en 2026. Y atención: si se da el giro autocrático, como en Hungría o El Salvador, luego no habrá otras posibilidades. Vale la pena tenerlo en cuenta.
–¿Cómo define a Cuba, Venezuela o Nicaragua?
–La ideología de un sistema autocrático puede ser diferente. China o Corea del Norte son autocracias cerradas. Nicaragua, Venezuela y Cuba son autocracias electorales de izquierda.
Hungría, El Salvador, Israel, India y quizá dentro de poco Estados Unidos, son de extrema derecha. El tema es que estas últimas son las predominantes en los últimos años.
–¿Qué cree que debilitó a los partidos del Primer Mundo?
–Tanto a los partidos socialdemócratas europeos como a los demócratas americanos los debilitó el haber comprado la agenda neoliberal a partir de los años 80. Por otro lado, la izquierda poscomunista nunca se ha recuperado del fin de la Guerra Fría y la caída de la Unión Soviética. Debe salir de su zona de confort y, por ejemplo, forjar alianzas amplias para proteger la democracia con partidos y sectores de la sociedad políticamente lejanos.
–¿Cuál debería ser el rol de la prensa ante este panorama?
–La prensa sufre desde los 90 la llegada de la tecnología y las redes. El cuarto poder tiene mucho menos poder y más competencia. Lo que no debería hacer es convertirse en altavoz de ideas ultraderechistas o extremistas o antidemocráticas. Y trabajar mucho en el chequeo de datos para evitar fakes news típicas de las redes.
–Suele hablar en sus libros de una sociedad pasiva.
–Sí, porque una democracia puede sostenerse solo si hay participación. La ampliación de los derechos civiles en los Estados Unidos de los años 60 se alcanzó porque la sociedad luchó por ellos. A fines del siglo XIX el movimiento obrero tuvo que pelear para obtener las ocho horas de trabajo y condiciones más dignas. No podemos esperar que alguien nos saque las castañas del fuego. Tiene que haber una toma de conciencia por parte de todos, aunque esto no resuelve de por sí los problemas. El caso polaco lo demuestra, aunque desde diciembre de 2023 hay una amplia coalición liderada por Donald Tusk que incluye a sectores de centroderecha, de derecha democrática, inclusive de izquierda.
–Gobernar en coalición es complejo.
–Así es. Cuando hay un sistema que ha dado pasos agigantados hacia la autocratización, como es el caso de Polonia, no es fácil desmontar el andamiaje institucional creado. Tiene que haber movilización cuando todavía se está a tiempo. Para evitar lo que ocurre en Estados Unidos. Si bien en la primera presidencia de Trump no hubo un proceso de autocratización, ahora lo vemos en esta nueva fase, muy distinta a la primera. Polonia es un modelo al que se le debe prestar más atención, porque ahí se le pudo ganar a la extrema derecha. Que toda la gente que tenga en su corazón la defensa de la democracia, de un sistema plural, se movilice, participe, y no solo que vaya a votar. Añado otro tema muy importante: la necesidad de democratizar el espacio digital.
–¿Estaremos a tiempo?
–Vamos un poco tarde, pero tenemos por delante una batalla contra este nuevo tipo de capitalismo antidemocrático, con figuras como Elon Musk, Peter Thiel y otros que manejan redes, tecnología y muchísimo dinero. Las generaciones futuras mirarán hacia atrás y dirán ¿cómo esta gente, por nosotros, estuvo más de 20 años sin controlar democráticamente el espacio digital? El espacio digital es la ley de la jungla. Y esto influye en campañas electorales, en difusión de fake news, en discursos extremistas y deshumanizantes, etc.
–Hoy ya son actores políticos…
–Se dice que el petróleo del siglo XXI son los datos. A través de las redes sociales, a través de Internet, estas compañías se están enriqueciendo y, sobre todo, acumulan un poder enorme, que son los datos de millones de ciudadanos y ciudadanas. Esta es la batalla que marcará el futuro y que está marcando el presente, aunque no nos demos cuenta.
–¿Qué propone usted?
–Tenemos que movilizarnos como sociedad para democratizar el espacio digital y esto servirá para salvar también nuestras democracias. Tiene que haber un debate y definir hasta qué punto regular. Son multinacionales poderosísimas que no respetan ninguna regla y además no hay ningún tipo de control público sobre cómo funcionan.
–¿Hay vuelta atrás para las democracias en peligro?
–Siempre la hay. Si no pensáramos así, como se dice acá en España, apaguemos la luz y vámonos. Para hacer frente a estas extremas derechas lo primero es conocerlas. Y depende de la ciudadanía. Hemos visto que cuando hay participación la aguja se mueve.
–¿No cree que también es necesario que la educación hable de estos temas?
–Pero claro. Hay que explicar en la escuela que cuesta muchísimo construir una democracia. Y si miramos el pasado en países como la Argentina, Italia, Alemania o España, vemos que se la puede perder como si nada.
–¿Qué ve en sus alumnos en la Universidad?
–Mayoritariamente, comparten esta preocupación. Sin embargo, la muestra de la que dispongo es limitada. Ni todos los estudiantes universitarios piensan igual, ni los estudiantes universitarios representan la media de los jóvenes de su generación.
–Richard Powers, escritor y ganador de un Pulitzer, decía que la IA puede terminar con el capitalismo. Y Yuval Harari tiene sobre el futuro visiones inquietantes.
–Hay una carencia de visiones de futuro esperanzadoras. En el pasado ha habido momentos de violencia, de barbarie, de totalitarismo, pero seguía prevaleciendo en la política y en la sociedad la idea de que el futuro sería mejor. Hoy eso se ha perdido.
–También está la crisis climática.
–Ni hablar. Los científicos lo avisan desde hace años y esto impacta muy fuerte en las nuevas generaciones. Hay un riesgo claro y seguro. Nos estamos suicidando. Entonces estas visiones apocalípticas, que muchas veces son exageradas, encuentran una justificación.
–Y la Unión Europa pide acopiar suministros por si hay guerra o ciberataque.
–Mala tempora currunt. Estos mensajes alarmistas sirven para que la gente vaya aceptando como algo razonable el plan de rearme europeo. La búsqueda de la autonomía estratégica de la UE, necesaria y urgente, no debe limitarse al rearme de cada miembro por separado. Debe incluir una verdadera integración política y una defensa común.
CON EL OJO PUESTO EN LA DERECHA EXTREMA
Perfil: Steven Forti
Steven Forti (Trento, Italia, 1981) es doctor en Historia por la Universidad Autónoma de Barcelona, donde hoy enseña historia moderna y contemporánea.
Sus investigaciones se centran en los fascismos, los populismos, los nacionalismos y las extremas derechas en la época contemporánea, con especial atención a la historia comparada y transnacional.
Es autor de Democracias en extinción. El espectro de las autocracias electorales (2024), y coautor de Patriotas indignados. Sobre la nueva ultraderecha en la Posguerra Fría, entre otros libros.
El 26 de abril a las 19 Forti presentará en la Feria del Libro de Buenos Aires Extrema derecha 2.0. Cómo combatir la normalización global de las ideas ultraderechistas (2021), en versión ampliada (Siglo XXI). Participarán Pablo Semán y Federico Vázquez.
El aumento de las desigualdades es una de las causas del deterioro de las democracias y el auge de las derechas extremas, dice el historiador italiano, quien afirma que Milei es la versión argentina de este fenómeno Read More